En uno de los momentos más turbios de mi vida llegué a un centro cultural donde la actividad primordial era la filosofía. Les conocí a través de un folleto muy marketinero que expresaba una de las grandes preguntas de la filosofía clásica así como de las corrientes actuales más posmo: ¿Cuál es el sentido de la vida? Para completarla, el lugar funcionaba en una planta alta, así que llegabas y tenías que subir una de esas escaleras empinadas que arrancan a la altura de la vereda de la calle. Vi luz y entré. Allí conocí a un grupo de personas recuperadas o en proceso de (luego intenté averiguar de qué).

Personas que habían hecho su proceso de “recuperación” con las carreras universitarias que “tenían”. Lo nombro así porque sentían que esos saberes eran la carga más pesada con la que tenían que vivir. Lo que les hartaba era la etiqueta, esas tres letras que parece que angustian a más de uno. ¿Posta? ¿Me estas cargando? Bueno, sí. Una bioquímica se acercó a mí, me dijo que había comprendido lo que podía hacer con la química y que en esa academia de filosofía había encontrado el sentido de su vida, que -obviamente- era mucho más que ese ser bioquímica angustiante.

Cuestión que asistí al espacio por unos meses, escuché bastante sobre la incluyente y versátil teoría del por algo será. La cual también me incluía y explicaba cómo había llegado hasta allí. Gracias chamiga Cami por ser la crítica más auténtica que conozco y compartir madrugadas de charlas conmigo. Desliz aparte, hubo una frase que quedó grabada en mí para siempre, lo cual comprueba que fue eficaz desde su primera enunciación y la misma fue dicha con solemnidad. Sé que la persona que la expresó tenía muy claras sus intenciones tanto como las repercusiones de sus palabas, así que lo dijo como cirugía sin anestesia. Fue conciso: “una vez que se abre la consciencia, ya no hay vuelta atrás” la verdad, ahora que lo pienso, puede que la frase haya sido palabras más, palabras menos…pero esa es la idea…tal vez fue: “una vez que se abre la consciencia, no se cierra más”. Bueno, ustedes sabrán comprender.

Cuestión que pasaron varios abriles, muchos vientos huracanados y tanto más. Solo para no extenderla tanto, nombro un par de vivencias de estas consciencias abiertas: cuando empecé a menstruar veía a todas las mujeres y me daba una mezcla de complicidad y curiosidad. Pensaba ¿estará menstruando esta gurisa? ¿Tendrá dolores y tiene que salir al mundo como si no pasara nada? ¿Estará en la menopausia esta señora? Sentía que una vez que atravesaba esa nueva consciencia, ya no había vuelta atrás.

Una vez más, llegó el baldazo de agua fría de la consciencia, esta vez de la mano abierta y tendida de las compañeras feministas. Y me corrijo, en ese momento no se me “abrió” la consciencia sino que me atravesó un grado mayor de la misma. La desigualdad la había vivido y sentido desde gurisita, en una familia que más de una vez referencié como “la familia Ingalls”, todo muy armonioso y cariñoso. Infancia transcurrida en un pueblo que se parece un poco a los folletos de los testigos de Jehová, esos en los cuales nos muestran el paraíso como ese lugar tan bonito, verde y lleno de caras sonrientes, algo así como un mundo sin inmobiliarias. Como sabemos, en los Ingalls están expresados todos los estereotipos y roles de género, por eso funcaba todo de manera armoniosa y cariñosa. Ya lo dijo la inolvidable filosofa colombiana: la mujer es complemento del hombre y en sentido contrario. Todo bárbaro, todo cierra, nadie se anime a poner en duda nada de todo lo que siempre fue así. Igual no quiero ser injusta, tuve posibilidad de conocer otros modos de transitar el mundo y no sufrí todas las configuraciones socios históricos a las que hubiera podido estar destinada. Gracias totales.

Estábamos en esta idea de que la consciencia se trasladó a todo lo que tuviera que ver con nosotras, las mujeres. La desigualdad de género se transformó en la mirada del mundo desde donde sea que pisen mis pies, piense esta cabeza y sienta mi corazón. Acérrima defensora de la diversidad, añadir la dimensión de género además de un acto de justicia, es un viaje de ida, muchachas.

Coronavirus: me caíste mal desde el inicio y -prejuicio aparte- puede que nunca cambie mi opinión sobre vos. Sos un chabón que viniste para tirarnos la peor mierda de la realidad en la cara: la verdad que ya sabemos y nos hacemos les boludes defendiendo intereses equivocados o resistimos como podemos…la posta es que un grupito de personas con plata y poder manejan el mundo. Cuando aparece algo que desconocen y por lo tanto, les amenaza, convierten su miedo en una amenaza mundial. Guiño para doña hegemonía, chiques. Y la historia se repite hasta el hartazgo, quienes siempre la pasaron mal, ahora tienen una causa más para estar jodidas. Si con A, porque las mujeres, en todo el mundo, somos más pobres, ganamos peores salarios, además de la doble jornada laboral (porque eso que llaman amor, es trabajo no pago), tenemos menos propiedades, menos riqueza y todo esto lo hace más complicado. Así que ahora, un motivo más para ampliar la desigualdad. Y no me vengan con esto que el virus no distingue si sos pobre, rico, hombre, mujer, siempre, siempre y en toda situación hay distinciones. La onda es cómo te agarra y no solo si te agarra.

Hace un tiempo que convivo con la constante problematización, sé que escribo esto desde un lugar y con el compromiso y  la convicción que implica el pensarme colectiva e históricamente. Convencida que en la infinita multiplicidad del ser humano hay que bancarse la pregunta, hay que bancarse la diversidad y no hay que bancarse ninguna injusticia, ni mediocridad, ni desigualdad, ni el pedorro siempre fue así. Y aunque sean muchos los motivos para tirar la toalla, el cora late con garra en cada compañera. Juntas y en lo que sobrevivimos, estamos construyendo otros modos de vincularnos.

 

Ana Rosa Dabin Pia, Ciudad de México, 2 de abril de 2020. Día por la memoria de las personas caídas en Islas Malvinas, Argentina.

 

* Todos los textos parte de ‘Relatos de cuarentena’ se realizaron como ejercicio de cierre en el Seminario de Sociología de nuestra vagina ilustradísima Marian en Ciudad de México.

** Las fotografías son de nuestro Archivo – Cuarentena- 2020 – Cdmx

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