Hay edificios que comienzan a cobrar vida, cuando la ciudad poco a poco se tiene que guardar y parece que las paredes pueden respirar por las historias sonoras que narran sobre una forma distinta de habitar.

Siguiendo el transcurso del sol. Hay días que me despierto sin recordar que había puesto una alarma tan temprano, pero no era mi habitación la que sonaba, alguien más muy cerca de mi tiene problemas para despertar. Otras mañanas abro los ojos por escuchar a los pajaritos cantar y me recuerda a mi antiguo hogar. Después escucho a las vecinas de arriba que empiezan a caminar, las imagino poniéndose zapatos todos los días porque las pisadas parecen llevar una suela y el andar es muy distinto a mis pies descalzos.

Para el medio día alguien está taladrando al otro extremo del edificio y supongo que sería una buena hora para no desquiciar a los vecinos en la cotidianidad de tantas personas fuera de sus casas. A la entrada van llegando unas rueditas de carritos para el mandado que vienen del super y no ha pasado un día en que parezca que a alguien no le falta algo. El murmullo de cada ventana, pared y piso crece como los rayos del sol, hasta que el canto de los pajaritos deja de percibirse poco a poco.

Hay señores que hablan muy fuerte y casi puedo creer que estoy a lado de la conversación, pero me interesa más saber de qué platican las señoras o que están viendo en la tele un piso arriba y dos cuartos a la izquierda de mi cama. Espero que se repita el día en que unas vecinas hicieron karaoke antes de la tarde, su repertorio musical de señoras mexicanas me hizo recordar a mis tías en su pueblo, cocinando y cantando en las vacaciones soleadas y calurosas de verano.

A la par que se escucha más ruido audiovisual, más personas se mueven y hablan. En tarde se acerca la hora común de la comida, arrastran las sillas, suenan más pasos, prenden alguna licuadora y cuando están las ventanas abiertas llega un olor a caldo de pollo o sopa de verduras o chiles asados. Rato después y a destiempo, los trastes se resbalan en algún fregadero o caen sobre el escurridor para secarse.

Antes de la puesta del sol ya no se escuchan risas de niños y niñas jugando afuera, desde mi ventana ya no se ven las nubes y el arcoíris que pintaron con gises de colores en el suelo hace semanas, solo hay personas paseando a sus perros que ya casi no platican entre ellas y ellos. Mientras oscurece cada habitación del edifico de enfrente se ilumina con luces diferentes. Algunas noches a ratos están acompañadas por una guitarra tocando afuera, desde una jardinera, esa música me trae a la cabeza que no me daré cuenta del primer día en que ya no escuche todo el tiempo lo que me hablan las paredes.

 

* Todos los textos parte de ‘Relatos de cuarentena’ se realizaron como ejercicio de cierre en el Seminario de Sociología de nuestra vagina ilustradísima Marian en Ciudad de México. La autora ha preferido firmar como anónima.

** Las fotografías son de nuestro Archivo – Cuarentena- 2020 – Cdmx

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