La situación de la epidemia del coronavirus me tiene con una avalancha de sentimientos, en general la mayoría angustiantes. Siento una angustia severa por las personas a las que más afecta la enfermedad, las excluidas históricamente y a quienes se les han negado los derechos más básicos. El acceso a la salud, a lavarse las manos, o tener una vivienda para recluirse no debería de ser un privilegio, pero con en el mundo profundamente desigual, lo es. Todos los días siento tristeza por pensar en las personas refugiadas, en las personas privadas de su libertad por migrar, en quienes están en prisión, en las y los trabajadores que viven al día. Me preocupa que en realidad lo peor no ha sucedido, sino que las consecuencias de la pandemia afectarán a toda una generación.

Al mismo tiempo, siento una frustración terrible porque las condiciones en las que exclusión en las que están estos grupos son estructurales y requieren de repensarlas y transformarlas durante largos periodos. La saturación de información me tiene ansiosa, toda la agenda está llena del tema. Lloré mucho viendo los videos de las mujeres salvadoreñas reclamando el apoyo que prometió el gobierno y exponiendo su situación de hambre. Incluso en una conversación con unos amigos, después de hablar del coronavirus, se hizo un silencio. “¿Pues de qué más vamos a hablar ahorita?, ¿qué más está pasando?” dijo uno. Y me causa también ansiedad todas las historias que no se han contado.

En estos tiempos quedan muy visibles las fallas de la globalización y el libre comercio, que facilita el movimiento de productos y el saqueo de los bienes comunes a nivel global. La interconexión y la interdependencia de los países del mundo han creado reglas globales que no garantizan la supervivencia de las personas, sino de los capitales. Es un sistema individualista que no piensa en las comunidades y ante esta amenaza, los Estados vuelven a mirarse para sí, aplicando medidas de salud distintas, lo que provoca desconfianza y actuar desde el miedo, culpar a China y llevando el racismo a la política exterior.

Desde hace unos meses, me siento abrumado por los procesos de violencia que atraviesa el país. Me parece que la lógica de muerte que rige el control del territorio y de los cuerpos, no tiene ninguna solución aparente. Aunque las actividades económicas, sociales y en general de la vida pública se han reducido lo máximo posible, la violencia sigue regando sangre en este país. Me parece que esta situación de crisis, como lo fue la crisis del 2009, servirá para justificar los despidos, recortes de las políticas sociales, la acumulación obscena de riqueza y poder, así como el aumento de la producción industrial que está destruyendo el medio ambiente.

En la lógica del siglo XXI, “necesitaremos” hacer de todo eso para salir a flote. Otra cosa que también me frustra es que no sé qué hacer para colaborar a que la situación mejore. Me enoja que la opción viable para actuar sea tan individual como confinarse al espacio propio y al mismo tiempo, ese enojo me hace cuestionar mi forma de querer siempre actuar con otras y otros. Lo que encuentro un poco esperanzador, es que al ser un hecho sin precedentes por el alcance y por la facilidad de tener la información, es posible que sea una oportunidad para que muchísima gente reflexione sobre el acceso a derechos, la desigualdad y la negación de existencia de otras personas. Las personas más privilegiadas se están sintiendo frágiles como nunca y están cuestionando las graves injusticias del mundo en el que vivimos.

 

* Todos los textos parte de ‘Relatos de cuarentena’ se realizaron como ejercicio de cierre en el Seminario de Sociología de nuestra vagina ilustradísima Marian en Ciudad de México. La autora ha preferido firmar como anónima.

** Las fotografías son de nuestro Archivo – Cuarentena- 2020 – Cdmx.

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