mi psicóloga feminista me salvó de un hoyo

esta es la historia de las muchas casualidades que me llevaron a encontrar una psicóloga que amo. y, como muchas, esta también es la historia de muchos privilegios.

en abril del año pasado me echaron de un trabajo que quería mucho, estaba empezando una relación muy linda y mi burbuja llena de amor y felicidad laboral se reventó. empecé a tener pesadillas y a dejar de comer. no tenía ganas de levantarme y solo soñaba con pegas pasadas o ex parejas. puros fantasmas. bajé de peso y no descansaba. tenía miedo de arruinar lo bueno de mi vida y entonces decidí ir a terapia.

mi primera opción fue ir al cesfam de providencia, donde estoy inscrita. me dijeron que debía hacer un ingreso grupal y al llegar a la cita me di cuenta de la dinámica. éramos una asistente social y cuatro mujeres sentadas en una sala, llenando un formulario donde debías indicar cuánto tomabas, si consumías drogas y por qué estabas ahí. “de uno a cinco ¿qué tantas ganas tienes de vivir?”.

me sentía horrible, pero escuchando a las demás mujeres por supuesto que le bajé el perfil a mis problemas. qué es perder la pega al lado de haberse querido suicidar a los 16 o vivir con una pareja violenta. ¿y yo? resulta que el problema es que parece que tomo mucho ¿cuántas copas a la semana? no sé, no tomo cuando tengo pena.

“a este lugar le falta capacitación en temas de género” pensaba, mientras me daban ganas de abrazar a la chica al lado mío. cuatro mujeres forzadas a contar sus violencias frente a otras desconocidas sin ninguna justificación. “si pasábamos de a una nos demorábamos lo mismo”, también pensé. todas derivadas al psiquiatra, menos yo. hora lista.

al principio mi exigencia solo era una piscóloga mujer y el cesfam la cumplía. llegué a la sesión con todas las ganas de vomitar mis miedos y terminé sintiendo que debía consolar a la que era la profesional “es que todas las relaciones son lindas cuando empiezan…”, me dijo. ¿amiga, estás bien? entre eso y las mil veces que nos interrumpieron tocando la puerta, mis ganas de volver eran pocas, pero dejé pedida la próxima hora de todas maneras.

encontré trabajo y no volví, patié el tema terapia hasta que recibí un correo. hace unas semanas había escrito a una agrupación de psicólogas feministas y una me respondió diciendo que sí, atendía por fonasa y tenía hora. nos vemos el martes.

en la primera cita, mi psicóloga me preguntó porqué había decidido ir y me explicó de qué se trataba su enfoque feminista hacia su trabajo. “no voy a hablar de la envidia del pene, no voy a decirte qué hacer, te voy a dar herramientas que puedan ayudarte. tu decides de qué quieres hablar y cómo”. todo claro, ahora venía el trabajo duro.

pasaron unos tres meses donde solo hablaba yo en las sesiones: de mí, mi familia, mis pololos, trabajos, estudios, vidas, errores. luego, vino la explosión. era mi cumpleaños y en dos segundos di vuelta todas las nociones que tenía de mi infancia, de mis gustos, de mi profesión. desde ese día hay sesiones donde solo lloro, otros días tengo todo claro y otros conversamos sobre algún libro feminista.

es difícil tener 27 y tener que volver a armarse. aún me duelen frases que yo misma dije hace menos de un año, como que mi relación con mis padres era perfecta o que yo tenía la culpa de una relación tóxica. esas mismas frases me hacen sentir que sí, que algo he avanzado, pero también qué tanto me falta por entender y esa pega es principalmente mía, pero sé que no habría avanzado tanto sin ayuda.

ahora sé que es imposible arreglar 27 años en seis meses y que “arreglar” tampoco es la mejor manera de verlo. una psicóloga no va a explicarme lo desmoralizada que me tiene un año de no encontrar un trabajo fijo, menos va a decirme por qué mi mamá actuó de tal manera cuando tenía 13. no tengo certezas, pero si gasto una hora a la semana conversando con una extraña es porque esperanza tengo. porque quiero volver a ser la mina peleadora y decidida que por años me sentí.

no pretendo, de ninguna manera, mandar a la gente al psicólogo. antes de ir a terapia también repetía eso como loro. también pensaba mucho que era “mi mejor psicóloga” y a estas alturas ya tengo claro que no lo soy. me tomó mucha fuerza de voluntad pedir ayuda, incluso sintiéndome horrible. fui al cesfam porque era gratis y hubiera seguido yendo aunque no me gustaba, solo porque no podía pagar algo “mejor” o que me acomodara más. comencé a ir a esta psicóloga porque ella me escribió y llamó, porque ya tenía trabajo y podía pagarla.

tampoco es primera vez que pido ayuda. tenía seis años la primera vez que fui al psiquiatra y 23 la última. crecí con un papá con depresión y, por supervivencia, en mi casa la salud mental nunca fue tema tabú. siempre supe lo difícil que era conseguir hora en el hospital (con un doctor que con suerte te iba a saludar) y que el único psiquiatra particular de la ciudad cobraba 60 lucas la sesión. por lo mismo, poder ir a una terapeuta feminista pagando menos de 10 mil pesos me hace sentir más que afortunada. más que mi papá, al menos.

ir a terapia no es fácil. no es barato y cuándo lo es, es un trámite tras otro. es un trabajo pesado, es doloroso y agotador. tampoco es lineal, se avanza y se retrocede. sí veo todo este proceso como una ayuda y entre las muchas cosas que he ido aprendiendo, ya no pienso que toda persona con problemas debiera ir a terapia, pero si me gustaría que todas tuviéramos la posibilidad. no se trata solo de un tema social: es un estado al que no le importa la salud mental, a centros públicos que no dan abasto y a un sistema que te explota hasta el cansancio y luego te mira raro si pides ayuda.

en todo este camino, me di cuenta que buscar una psicologa feminista iba por no tener que explicarme. no necesito decir por qué soy de izquierda, por qué odio a los hombres y por qué creo en la existencia de un sistema que oprime a las mujeres. todo eso debo hacerlo en muchas otras instancias y necesitaba de un espacio seguro. la interpretación totalizadora del psicoanálisis, de la que habla monique wittig, aún influye fuertemente el pensamiento de la psicología y no podría ir a sentarme frente a un profesional que cree que ser mujer se basa en ser un hombre incompleto.

la psicóloga no es solo alguien con quién me desahogo una vez a la semana. discutimos, problematizamos, conversamos. puedo escribirle correos o llamarla si la necesito. es un esfuerzo diario reflexionar y uno semanal el darme las ganas de levantarme e ir a cada sesión. nadie viene a felicitarme por esto, así que al menos procuro hacerlo yo.

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en esta búsqueda di con varios centros de atención donde atienden profesionales con visión feminista y lgtb, pueden servirte si estás pensando en ir a terapia:

centro espacio seguro

– muchas universidades tienen CAPs (centros de atención psicológica) a precios pagables.

– puedes escribir a la agrupación de psicólogas feministas de chile para consultar si hay alguna profesional en tu ciudad y a tu alcance de pago. su correo es psicologasfeministaschile@gmail.com 

– en casa mundanas hacen terapia grupal entre mujeres en santiago centro

– en este link puedes encontrar muchos datos de psicoterapia en varias ciudades de chile.

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