Pulgar

PULGAR

Hace un par de días estaba recorriendo mi muro de Facebook. Entre los múltiples memes y videos de “5 maneras para cocinar un pollo”, me apareció un artículo que se llamaba “La forma de tomar tu mano dice cuánto te quiere”. Venía de una de las variadas páginas a las que les puse me gusta el 2008 y la flojera ha impedido que las deje de seguir.

Me acordé que una polola que tuve hace algunos años no me tomaba la mano y eso me angustiaba. No porque pensaba que no me quería, si no que era por las razones que me daba por no hacerlo. Me decía que era porque no le gustaba, que no era porque le daba miedo, que tuvo un pololo y que tampoco lo hacía. Pero a veces me tomaba la mano y la ponía bajo una chaqueta cuando íbamos en la micro. Entrelazó sus dedos con los míos cinco veces en público, quizás tres. No llevaba la cuenta, pero eran tan poquitas y me ponía tan nerviosa que no las olvidaba. Las parejas que le siguieron fueron diferentes, ninguna me dejó de tomar la mano y yo nunca dejé de ponerme ansiosa. Cómo si nunca más me fuera a ocurrir.

Abrí el artículo de Facebook y lo leí a la rápida.

Probablemente era miedo lo que tenía y nunca me quiso decir. No la habría culpado jamás, porque yo también temo. Tomar de la mano a mi pareja significa usar una bandera de batalla que sólo notamos los y las que tenemos compañeras del mismo sexo. Porque por una cuadra de caminar entrelazadas te pueden matar. Porque si no te matan, tienes que aguantar proposiciones a ver penes y tener sexo con gente que se cruza por tu lado un segundo, pero que te arruina un poco la vida.

Artículo de mierda.

Cuando voy de la mano con mi polola, además de la gente que te mira con cara de asco está la gente que trata de darte apoyo sin emitir palabras. Te sonríen, casi que te levantan los pulgares y te dan una palmada en la espalda. Por lo menos a alguien le hace feliz verme feliz.

Copié el link y se lo mandé a mi pareja para reírnos un rato.

Pero nunca voy a olvidar cuando fui a visitar a mi polola. Actualmente vive en Oakland, una ciudad que queda a 20 minutos de San Francisco. El primer día salimos a recorrer una laguna que está al medio de la ciudad. Íbamos de la mano y nos preguntábamos si algún día seríamos como toda esa gente que pasaba trotando con sus perros. Después de unas horas caminando, me di cuenta de algo. No habíamos recibido ninguna sonrisa de apoyo de personas gay friendly en el par de horas que llevábamos recorriendo. No me preocupé pero una alarma se encendió. La alarma queer de supervivencia. Pero por eso mismo fue que pude notar que no habíamos recibido ninguna mirada negativa, ningún comentario lascivo. De hecho, la gente parecía no mirarnos. Me quedé con la intriga unos minutos hasta que me di cuenta del por qué. Esa ciudad junto a San Francisco tiene una amplia historia de movimientos LGTBI. Es una ciudad diversa, con un centro juvenil queer y múltiples tiendas, negocios y actividades para la comunidad. No nos estaban mirando porque éramos cómo cualquier otra pareja. Cuando en ese momento lo comentamos con mi polola, ambas dijimos: ¡Así se siente la gente hetero! Así es salir a la calle sin tener que estar preparada mentalmente para defenderte. Esto es pertenecer al resto y no ser la atracción con la que te topaste mientras ibas devuelta del trabajo.

Después de leer el artículo, mi polola bromeó con que le gusta más tomarme de mi pulgar.

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Vagina Ilustrada Invitada: Paula Javiera Rojas  @paulajavierarb
Ilustradora: Claudia Chelo  @clach_art

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