Alejandra, la mamá de Flor, tenía 35 años cuando fue a votar por el NO, vivía (y aún vive) en Temuco y tenía un hijo de 13 años. Poli, mamá de Leslie Monito, no pudo votar porque ella tenía 13 años, pero junto a otras niñas y niños sirvió de enlace para llevar el conteo de votos del comando. Ximena participó de la primera elección de su vida en 1988, tenía 23 años y su primera hija en el vientre, Oriana. Mónica es la mamá de Constanza, también vive en Temuco y tenía 26 años cuando votó por segunda vez en su vida, en el plebiscito del 5 de octubre.

A 30 años del triunfo del NO y el fin de la dictadura, quisimos que nuestras mamás, sus recuerdos e historias, fuesen las protagonistas. Un homenaje a las anónimas que le ganaron a la dictadura.

Alejandra, mamá de Flor:

El 5 de octubre del 88 yo tenía 35 años. Estaba soltera y tenía un hijo de 13 años. Trabajaba como Educadora de Párvulos en el jardín del Hospital de Temuco, estaba en un conjunto de música y participaba en un colectivo humanista.

La gente de izquierda se camufló en esos años en distintos partidos y espacios como ese. Nosotros hacíamos reuniones, sobre todo con estudiantes. Durante la campaña nos dedicamos a informar de la importancia del plebiscito y la importancia de votar NO, partiendo por nuestros círculos cercanos. Había gente que en sus trabajos les decían que se iba a saber si votaban que no.

Fui a votar ese día como a las 11 de la mañana y me fui a las 3 de la tarde. Ingenua pensé que a esa hora no iba a haber tanta gente pero habían filas que llegaban a dos cuadras. Las votaciones fueron muy lentas porque mucha gente jamás había votado. Además estaba todo lleno de militares para “mantener el orden” y ellos se acercaban a ti y te miraban fijo por ningún motivo.

Muchas mujeres ahí habían votado en el plebiscito anterior, donde el papel del voto era transparente, entonces decían que iban a anular el voto o ver por quién votaste. Otra persona en la fila, toda ingenua, me decía que “iban a volver los comunistas”. Pero yo no tenía miedo. A esas alturas estaba enojada. Comencé la dictadura con 20 años y ya tenía 35 y seguíamos con el mismo milico. Estaba tan harta de las muertes y los amigos desaparecidos, que me daba lo mismo. Así que no tenía miedo de decir lo que pensaba.

Estando en la fila dije “lo que quieren acá es que perdamos la paciencia y nos vayamos. Pero yo no me voy a ir ¿y ustedes? todas vamos a votar”. Teníamos que dar a entender que íbamos a votar en masa.

Volví a mi casa y me puse a escuchar los cómputos, y por supuesto que ganaba el sí. Cardemil sudaba mientras daba los resultados y se notaba que mentía. Así fue toda la tarde y parte de la noche hasta que Matthei sale diciendo “parece que ganó el no” cuando iba entrando a La Moneda. Me dormí como a la una sin saber y al otro día desperté, puse la radio y supe. ¡Grité, salté! Llegué a la pega y estaban todos felices. El hospital siempre fue un lugar de resistencia porque está cerca de la UFRO y la Católica y las marchas eran siempre en el sector. El ambiente ese día fue de fiesta.

Ximena, mamá de Oriana:

5 de octubre de 1988. Ese día había un ambiente de verdadera alegría, una tremenda ansiedad. ¡Era la primera vez que votaba en mi vida! Sumado a este importante acontecimiento, mis 3 meses de embarazo y mi gran sueño de ser mamá.

Dormí poco. Me levanté temprano y me arreglé con esmero.

No demoré en llegar a mi lugar de votación, tampoco en entrar a la urna y, al fin, ¡votar que NO! No al dictador, no a la muerte, no a la injusticia, no a la violencia, no a la violación sistemática de los derechos humanos.

Me sentí importante con mi bebé en la guata. Una hija o hijo que viviría en un país diferente, con respeto y libertad, sin miedo, con más y mejores oportunidades que las mías.

Al pasar las horas de ese memorable día, también existió un ambiente enrarecido a ratos, mucha información manipulada. Cuando ya era evidente el triunfo del NO, no podíamos más de alegría. Nos abrazamos muy emocionados con mi esposo y mi suegra, llorando. Salimos a saludar a nuestros vecinos, todo era algarabía y esperanza. Atrás quedaban esos años oscuros, tristes, tantas injusticias, recuerdos amargos, familias divididas, mucha frustración. Al fin, al fin, nuestro país volvería a la Democracia.

Mónica:

Mis primeras elecciones fueron en el Plebiscito de 1980. Esa vez sí que tuve miedo. Pero el 5 de octubre de 1988 también tuve terror. Recuerdo haber hecho la fila más larga de mi vida para votar, estábamos fuera del establecimiento de votación, no cabía más gente. Nadie hablaba mucho en la fila, estaba lleno de milicos, pero sobre todo, yo sabía que estaba en un local de votación del SÍ, entonces debía ser cuidadosa. Algunas personas en la cola preguntaban sobre cómo doblar el voto y yo les explicaba, pero sobre todo les decía “no dejes que nadie toque tu voto, tú lo metes a la urna”. Así lo hice yo también, aunque cuando estaba a punto de meterlo a la urna, una de las vocales de mesa me sugiere que ella lo puede hacer por mí, le dije que NO.

Mi mayor temor en ese momento era que lo abrieran y supieran que no quería más Dictadura, que mintieran, que todo fuera una farsa y casi lo fue, porque esa noche el dictador Pinochet y toda su lacra de ayudantes manipuló los resultados hasta el último momento.

En el sector de Temuco donde vivíamos todos eran del SÍ, entonces apenas escuché de lejos la celebración. Pero al otro día se respiraba otro aire, eso sí, la alegría nunca llegó, eso también fue una farsa en todo esto.

Poli, mamá de Leslie Monito:

Para el plebiscito del 88 no pude votar, porque era una niña de 13 años. Pero ese 5 de octubre cambió mi vida para siempre, porque si no hubiese habido democracia, si no me hubiese enamorado de lo que significaba la participación política de las personas, no sería quien soy hoy.

Nos llamábamos enlaces, los que no podíamos votar aún. Los centros de cómputo eran casas de vecinos en clandestinidad y desde esa casa uno llamaba y daba el total de personas que habían votado, cada una hora.

No teníamos miedo. No me importaba lo que me decían en mi casa. Éramos muchos chicos y chicas, éramos todos iguales, la conciencia política fue preciosa.

Recuerdo que estaba en el sector de oficinas de la escuela donde fui enlace, mientras esperaba al adulto que me traería los datos de mis 10 mesas asignadas para transmitir vía telefónica desde la “casa contacto”, ubicada a un par de cuadras del local de votación. Había militares armados paseándose en el lugar. Sentada, impaciente, aparece un chico como de mi edad que, estaba en la misma labor. Me acompaña y me pregunta si tenía miedo. Un par de palabras, un abrazo apretado, un beso. Tomé mi bicicleta y cumplí con lo encomendado. Nunca más lo vi ni supe su nombre.

Aquella experiencia definió mi vida como persona social. Hice un compromiso y entré a militar. Dentro de la inocencia de una niña, sentía que íbamos a conocer el mundo como los adultos anhelaban, íbamos a vivir aquello que les habían arrebatado: la democracia.

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