Encuentros con el Trauco -o de cómo abrir los mitos y los ojos

Como a los niños les cuentan cuentos, mi papá solía contarme leyendas chilotas. Tenía seis años la primera vez que estuve en Castro, y recuerdo haber mirado a la ventana esperando que el viento trajera el Caleuche, mirando las rocas esperando a una misteriosa mujer, o descifrando cómo tomar un puñado de arena para echarle en la cara al Trauco gritando “¡Cuenta los granos!” Y alcanzar a correr. Pero el Trauco no se queda contando los granos de arena, quiere conversar, y no se queda tan tranquilo como mi papá nos decía.

No tenía arena a mano. Estaba navegando, regresando a la Isla Grande. Me dio la mano y me preguntó si viajaba con mi marido. No -le dije- viajo sola. Y me preguntó si quería tener chicos. Para no entrar en detalle le respondí que no, por ahora, que quizás más adelante. Olía a alcohol y lo escuchaba atentamente. “Ahí hablamos entonces”, me dijo, para cuando quisiera hacer los chicos. Ante mi negación rotunda, me trata de invitar a comer, me pregunta mi edad y me habla de las nubes. Hasta que volvió a arremeter. “No duele nada, y se hacen en un ratito, los niños, en diez minutos estamos. Podemos hacerlos ahora”.

No deja de ser curioso que observemos los mitos o las narrativas religiosas como explicaciones de la creación del mundo, del origen de los tiempos, del orden del cosmos. O bien como ficciones deformadoras de la realidad. Recuerdo un encuentro académico donde una ponencista comparaba los mitos chilotes con los griegos, en su formalismo puro, mostrándolos como historias lindas, hechas casi para entretener. Los mitos, por el contrario, son realidades, deforman la realidad para mostrar su crueldad de manera abyecta. Como a la medusa, al sol o a la muerte: no se le pueden mirar directamente a los ojos, porque en esa mirada reside la muerte.

Los mitos no vienen a ocultar, sino a significar aquello que no se puede nombrar. Como sostenía Roland Barthes (1990), la mitología es una forma sobre cargada de habla y significado. Es una forma de hablar de las cosas, como si no tuvieran historia, anulando su sentido político y social. Así nos repetimos historias para infundir miedo, replicar patrones de comportamiento, o silenciar violaciones. Y luego las recopilamos y las ponemos en un bonito libro bajo la etiqueta de patrimonio inmaterial. En realidad, estos mitos son los retornos de los monstruos, como aquellos que analiza Mary Louise Pratt (2007); estamos embriagados en el espectáculo del capital y la supuesta globalización que hemos relegado al rabillo del ojo la persistencia de las prácticas de abuso, las ruralidades donde se culpa al Trauco, y quedamos atónitos ante la descarnada modernización del mall y la conectividad.

Cuando volvemos folklóricos y pintorescos los mitos, anulamos su sentido histórico y real, anulamos su presencia esclarecedora. Bajo un manto de patrimonialización, legitimamos el uso que silencian estas historias, vemos la superficie del relato y no su personificación. Porque seguimos creyendo que las historias son ficciones de divertimento, y no ficciones de modelamiento de la realidad. Contrariada, me pregunto, ¿cómo estamos construyendo estas formas de otredad? ¿Cómo desde mi lugar de mujer, sola, enfrento este trauko? ¿Cómo abrir los mitos para que dejen de silenciar y nos permitan hablar, denunciar, echar granos de arena que protejan mejor que medalla con cinta roja?

Y así un día, viajando sola, sin internet ni guardia, sin crucifijo ni mirada vigilante, el mito se encarna en un violador. Y ya no son lejanos, ni pintorescos. No son religiosidades populares para vender en posavasos a los turistas, en bolsas reciclables con impresiones, o en cuentos de abuelas para asustar a los niños. Son advertencias de la Isla, no las del archipiélago de Chiloé, sino de las islas de mujeres que tenemos que aprender a escuchar atentamente, con los ojos abiertos.

 

 

Referencias mínimas:


Barthes, R. (1990) Mitologías. Siglo XXI Editores, México. [1957 1ra ed]

Pratt, M. (2007) Globalización, desmodernización y el retorno de los monstruos. Revista de História, 156, pp. 13-29.

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