La funa como acto político de doble filo

Hace mucho que pienso cómo escribir este texto; si desde una lejanía cuasi neutral enumerando hechos; si desde un análisis sociopolítico de las implicancias de la funa; si desde un sentido farandulero, etc. Pero para ser honesta lo que más me nace es escribir desde el ser mujer y feminista, esa es mi posición inicial, desde ahí me sitúo.

La funa en redes sociales, en variados sentidos, ha aparecido y ha proliferado en conjunto con el auge de estas redes. Funar a un vecino que molesta en el barrio, funar a un cliente o a un vendedor chanta, funar propiedades y así, en conjunto con esto, se ha impulsado, sobre todo durante el transcurso de este año, la funa a abusadores y violadores sexuales en Facebook, Twitter, Instagram y en otras redes sociales que quizá desconozca. Muchos de los comentarios que surgen a partir de la funa (voy a obviar algunos clásicos del tipo “jajaja mina cuática” o “no sabemos el contexto blablá” por el momento) son dirigidos a incitar la denuncia, a seguir el conducto regular.

El conducto regular implica que la persona que socialmente se le cataloga como “víctima” debe asistir a presentar una constancia a carabineros, presentar una denuncia a la PDI o ir directamente a la fiscalía, donde la harán declarar en distintas instancias y eventualmente se podría hacer la derivación a un centro pericial. Es decir, exponer su padecer y su vulnerabilidad en un ambiente que no calificaría como empático o cómodo en los que, en la mayoría de los casos, la constancia o la denuncia se torna un momento poco grato para la persona que viene a solicitar ayuda. Estos procesos que muchas veces queremos olvidar duran generalmente al menos dos años cuando hablamos del poder judicial y más aún, la mayoría de las veces el agresor en cuestión es declarado inocente por falta de pruebas o queda como antecedente si es que vuelve a repetirse, sí, así como lo leen, si es que vuelve a repetirse. Este tipo de casos hacen que no confiemos en la institucionalidad, porque somos maltratadas, miradas con recelo, cuestionadas y obligadas a revivir una y otra vez un momento que jamás debimos haber vivido, mientras el agresor sigue haciendo lo mismo una y otra vez, sin muchas veces detenerse un instante a reflexionar sobre sus actos frente a otros cuerpos.

La funa por internet parece ser la vía efectiva de detener la violencia o al menos intentar visibilizar la violencia sexual de la que hemos sido presas por siglos. La funa, consiste en idealmente exponer una fotografía del individuo en cuestión adicionando sus datos personales como nombre, muchas veces dirección de perfil de facebook, actividad en la que se desempeña y el número de whatsApp. De esta forma, se expone al agresor en la plaza pública virtual con nombre, apellido y una cara reconocible. Quien denuncia también cae en lo mismo, pues expone su dolor, expone su vulnerabilidad, se reconoce como una víctima, pero no desde la victimización. Su denuncia implica que no sólo sus amistades conozcan la agresión, sino sus conocidos, colegas, con quienes estudia, probablemente parte de la gente que frecuenta en su barrio e incluso, su familia. Reconocer el dolor y no quedarse en lugar de víctima otorgado por el patriarcado. Este lugar de víctima consiste en un sufrimiento silencioso, en no contar, en sentirse sucia, en sentirse culpable y reprocharse la vestimenta, la cantidad de alcohol, si le mandé una señal errada y un sinfín de pensamientos que de pronto te vuelven la responsable de tu vivencia de violencia. El hablar de manera pública, el compartirlo con la gente que te rodea implica no sólo negar esa figura, sino que además es destruirla, es saber decir: yo fui abusada, pero no por mi culpa, sino porque existen individuos que no son capaces de relacionarse de manera simétrica con mujeres, que ven al cuerpo como un objeto, que nos ven como muñecas inflables, como una cosa que está quieta, obediente y por sobre todo, silenciosa. El silencio se acabó y de pronto entendemos que nunca existió una caña moral, sino que fue un adjetivo que inventamos para maquillar una situación en la que sufrimos violencia y comenzamos finalmente a hablar las cosas como son.

Es probable que en este espacio se logre encontrar apoyo de personas cercanas y no tanto, sin embargo, como es la sustitución del ideario de la plaza pública, da cabida para otras agresiones de la que no sabemos si estamos listas para leer. Por cada publicación compartida podemos encontrar una serie de comentarios, la mayoría de hombres, con los que nos podemos dar cuenta que ni así entienden, tal vez realmente no se dan cuenta qué es acosar  y cuáles son los límites de interacción, de cualquier índole, con otra persona.

Reconocer primero – así como nosotras hemos logrado reconocer la violencia – que los privilegios que se les han entregado y los han obligado a recibir no los dejan ver, haciéndolos creer que toquetear a la compañera de curso mientras duerme media borracha es entretenido porque, obvio que en su sano juicio, no te daba la pasada, o de verdad pensar que tiene sentido hablar de potos y tetas gran parte del día porque “me educaron así” y cómo no, si prendemos la tele y vemos a Emeterio Ureta diciendo “yo he acosado sexualmente a mujeres… que es una frescura que existe en este país y en todo el mundo” o leemos un diario y vemos que Don Francisco dice “Lo mío era un juego pícaro, no acoso.”. De la misma forma que en comentarios de nuestras declaraciones mal llamadas “funas”, están llenas de comentarios donde increpan a quien declara y se torna de pronto una discusión con bastante ira hacia quien declara o hacia quien se señala como agresor, lo que provoca que el mensaje principal quede en un segundo plano, cuando en realidad estamos en busca de contención, cuando necesitamos no sentirnos solas que es lo que precisamente se espera que la víctima viva, todo en el martirio de la soledad y el mutismo, porque en realidad en todos los espacios en los que hemos sido violentadas en carretes con amigos del mundo de la música, de la pega, colectivo, la autogestión, el movimiento político de la universidad no han sido construidos por nosotras ni mucho menos para nosotras.

Lo que la proliferación de publicaciones con acusaciones ha germinado ha sido un nuevo mirar(nos) y reencontrarnos como mujeres en las que reconocemos que somos más aliadas que nunca y que si esos espacios en los que nos han violentado han sido creado por ellos nos vamos a ausentar y crearemos otros, es por eso que el separatismo es importante sobre todo cuando nos enfrentamos a constantes instantes de ninguneo y no, no es no saber trabajar con hombres, porque siempre hemos trabajado con ustedes, es poder trabajar tranquilas de una vez, reunirnos tranquilas sabiendo que nadie va a repetir tu idea y sí será escuchada, es crear espacios donde abunde el respeto y sobre todo el amor.

Ilustración: Aniko

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